Carolina se preguntaba porque no habían encontrado la vacuna para la soledad o quizás el antisuero para los malos amores, cuando se dio cuenta que talvez esas cosas y estos sentimientos solo le afligían a ella. Se sintió tan superficial y egoísta como nunca por ser incapaz de tener los mismos problemas de los demás.
En realidad tenía tantas dudas en este momento que sentía nunca haber tenido seguridad de nada en su parca existencia. Y a cada rato escucha Joaquín con la esperanza de volver a tener en su alma la fortaleza que tenia cuando lo escuchó por primera vez.
Como nunca antes Carolina no podía reclamar de la falta de sinceridad o de haber creído en mentiras, pero de igual manera se sentía herida e incluso peor, ya se entendía como el desastre que arruinaba todo que llegaba a tocar.
En todos caso, y siempre le tocan los peores, a la pobre le quedaba aun la oportunidad de alejarse, de dejar que las personas encontraran su propia felicidad. Y en el preciso instante que le quedó solamente una oportunidad, finalmente se percato de que quizás la felicidad no era parte su destino, que ninguno de sus oráculos nunca le habían permitido amenizar ninguno de sus dolores, que todas sus cicatrices se hacían queloide y principalmente que todas las personas que algún día le habían prometido algo jamás lo habían cumplido.
Así otra vez estaba sola y llena de dudas, con una angustia más grande que su propia existencia y uno solo camino seguro, que irónicamente se llama el paso del redentor.
Sergia Garcia –
La saga de Carolina Soledad, Cuentos